11 DE MARZO DE 2018: SÉPTIMO ANIVERSARIO DEL ACCIDENTE DE FUKUSHIMA

Y es que el tiempo vuela, pero no los recuerdos. Eran alrededor de las 15:00, hora local en Japón, del 11 de marzo de 2011 cuando un devastador terremoto de 9 grados en la escala de Richter al que siguió un fuerte tsunami provocó el accidente nuclear en la central atómica japonesa de Fukushima, el más grande desde el desastre de 1986 en Chernóbil (Ucrania).

Tras la brusca paralización de los sistemas de refrigeración de dos de sus reactores y de cuatro generadores de emergencia, surgieron evidencias de una fusión del núcleo parcial en los reactores 1, 2 y 3, y además se produjeron explosiones de hidrógeno que destruyeron el revestimiento superior de los edificios que albergaban los reactores 1, 3 y 4, lo que presagiaba una catástrofe atómica, como así fue.

Para el año 2012, la compañía operadora de la central accidentada, Tepco, anunció que el accidente nuclear había liberado 2,5 veces más radiación de lo estimado inicialmente y que el 99 por ciento del total de radiación fue emitido en las primeras tres semanas posteriores al desastre. Asimismo, en 2013 la empresa admitió que después del accidente había vertido casi 80.000 galones de agua contaminada al océano Pacífico a diario, y al año siguiente informó de que las fuentes de agua subterránea cercanas a la planta de Fukushima Daiichi multiplicaban por casi un millón el nivel de estroncio-90, un elemento altamente radiactivo, por galón.

A causa de todo esto, en octubre de 2017 un tribunal nipón condenó al Estado y a la operadora de la central nuclear de Fukushima por negligencia en la catástrofe atómica, por lo que deberán compensar a miles de afectados por el accidente, ya que considera que ambos deberían haber tomado más medidas para prevenir la catástrofe, que se estima que se saldó con más de 19.000 fallecidos y 470.000 personas desplazadas.

No obstante, y a pesar de la magnitud del siniestro, actualmente las autoridades afirman que “los niveles de radiactividad han disminuido significativamente y ahora podemos decir que la planta es estable”. Y si la situación ha podido subsanarse hasta este punto es gracias a personas como Kazuto Tatsuta, que dejó su vida en Tokio para trasladarse a la prefectura de Fukushima a trabajar en las labores de descontaminación de la central nuclear.

En su obra Ichi Efu, Tatsuta narra en primera persona los entresijos de las complicadas labores que llevó a cabo en la central de Fukushima y cómo se viven las consecuencias en la zona afectada. En su relato trata temas tan fundamentales como la formación que recibían los trabajadores y cómo desempeñaban sus respectivas tareas como trabajadores un tanto precarios de las subcontratas a cargo de las labores de limpieza, hasta temas más triviales como los problemas derivados de usar trajes aislantes, cómo solventar las necesidades fisiológicas en ese contexto o cómo intentar vivir con normalidad en el área afectada.

Si queréis conocer más detalles sobre cómo vivió Kazuto Tatsuta el tiempo que pasó trabajando en Fukushima, os recordamos que ya os podéis hacer con los tres tomos de Ichi Efu, publicados por NORMA Editorial. ¡Sí, la obra completa ya está a la venta, de modo que no tendréis que quedaros con la intriga mientras esperáis el próximo tomo!

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